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Canastas destrozadas, como si fueran un pequeño juguete entre sus manos, y rivales impotentes, totalmente desquiciados, ante ese inmenso tsunami de energía. Es lo que Shaquille O’Neal se encargó de sembrar en las zonas de la NBA durante 19 años de reinado en la mejor liga de baloncesto del mundo. Orlando, Los Ángeles, Miami, Phoenix, Cleveland y Boston temblaron más de la cuenta cuando esta auténtica fuerza de la naturaleza imponía su ley gracias a unas cualidades excelsas: 2,16 metros, casi 150 kilos y una potencia estratosférica al poste. Totalmente imparable. Tal vez, el jugador más determinante de la historia en su puesto por su portentoso físico, unido a una capacidad ofensiva demoledora.

 

La tierra parecía agrietarse cuando Shaq machaba el aro y extendía su ley sin concesión alguna. Patentó un movimiento que, a día de hoy, muy pocos pueden aplicar con tanta efectividad. Ese ‘Tornado Negro’ (‘Drop Step’) se llevó, como el huracán más poderoso, todo lo que se puso por medio desde que los Magic lo eligieron como número 1 del draft en 1992. De este modo, logró tener el mejor porcentaje en tiros de campo durante 10 años.

Superó con creces las expectativas fijadas por los expertos. ‘Rookie del Año’ para, poco después, ganarse el respeto con un triple doble que asusta: 24 puntos, 28 rebotes y 15 tapones. Eso es someter. Cuatro anillos de campeón, sexto máximo anotador de la NBA, tres MVP en las Finales, otros tantos en el All-Star Game y jugador más valioso de la temporada 1999-2000, con casi 30 puntos de media por partido, incluidos esos 61 puntos y 23 rebotes que consiguió ante los Clippers. Son sólo algunos de los hitos de este gigantesco center de Newark, que ha compartido vestuario con otros colosos, como ‘Penny’ Hardaway, Kobe Bryant, Dwyane Wade, LeBron James o Kevin Garnett. Todos ellos reconocen su inmensa dedicación. Y eso que las lesiones y el paso de los años le impidieron, lógicamente, rendir a su máximo nivel. Ha marcado una época.

 

Espectáculo puro en las canchas y muy activo también fuera de ellas. Músico, actor y ahora comentarista. “Enigmático, gracioso y estúpido”. Así se autodefine. Es un hombre que conecta con el público, un showman. Ni siquiera su arrogancia, sus rarezas o sus pésimos porcentajes en el tiro libre (poco más del 50%) le restan brillo a su carrera. Ese privilegiado espacio en el Hall of Fame se lo ha ganado a pulso. Todavía hoy sigue recogiendo los frutos. Es emocionante ver cómo los Lakers retiran su dorsal 34 en el Staples Center. Su camiseta oro y púrpura ya está al lado de las de Magic Jhonson, Jerry West, Wilt Chamberlain, Kareem Abdul-Jabbar, Elgin Baylor, Gail Goodrich, James Worthy y Jamaal Wilkes.

camiseta O'Neal

Grande entre los grandes. El “espécimen físicamente más agraciado”, según Kobe Bryant, ha dejado un legado sumamente valioso para los amantes del baloncesto. El Gran Aristóteles -por hacer de la excelencia un hábito- o la Gran Bolsa -que siempre acaba cotizando al máximo- son algunos de los apodos que se ha puesto. Irónico y siempre con ese humor tan atrayente. Lo cierto es que Shaq ha marcado su territorio. Lo ha dominado a su antojo. Sí, es una fuerza de la naturaleza con una capacidad devastadora que nunca olvidaremos. Después de jugar a un “nivel terrícola” es hora de que vuelva a sus “raíces alienígenas”. Al fin y al cabo, O’Neal tiene cuerda para rato. Es inagotable.

 

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