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La brecha competitiva se acentúa año tras año en la Liga española. Es prácticamente insalvable desde hace casi una década y condiciona una competición que queda en manos de las incesantes inversiones millonarias de sus dos superpotencias: Real Madrid y FC Barcelona. No hay más alternancia en la lucha por el título. Son los únicos que esquivan la crisis a golpe de talonario y engordan sus presupuestos.

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Nadie puede seguir un ritmo tan frenético si no quiere ver peligrar su propia existencia. Porque en el polo opuesto, el de la austeridad, residen la mayor parte de los clubes. Muchos de sus referentes, como Falcao, Llorente, Aspas, Soldado, Joaquín, Navas o Negredo, se han visto obligados a poner rumbo a otras ligas europeas. El éxodo es inquietante y deja un vacío muy difícil de cubrir. Y es que, por primera vez, nuestra Liga vende más que compra. Los equipos se ven abocados a exportar talento, lo que conlleva una pérdida de calidad añadida en sus plantillas. Es la única solución para paliar su desorbitante deuda con Hacienda, cercana a los 500 millones de euros. A esta regla no escrita sólo escapan blancos y culés, que han gastado este verano unos 150 millones de euros en nuevas incorporaciones. Un desembolso que podría dispararse si Florentino Pérez cierra el multimillonario fichaje de Gareth Bale.

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Las consecuencias son claras. La diferencia de fuerzas es notable, alimentada a su vez por el polémico reparto de los derechos de televisión. Real Madrid y Barcelona obtienen, cada uno, alrededor de 140 millones, mientras que otros equipos punteros, como Sevilla, Atlético o Valencia apenas alcanzan los 40. Peor aún lo tienen los más modestos. El Rayo Vallecano, por ejemplo, percibió cerca de 17 millones. La única esperanza que planea en el horizonte es que la nueva Ley del Deporte Profesional subsane este desaguisado y proponga un reparto mucho más equitativo y racional, a semejanza del modelo europeo. El tiempo apremia.

Mientras tanto, la Liga española continúa instaurada en el duopolio. No es de extrañar que el tercer clasificado finalice a 39 puntos del líder, como sucedió hace dos campañas. Tampoco es casualidad. En las últimas nueve temporadas, blaugranas (seis) y merengues (tres) han cantado el alirón con suma facilidad. Ningún insurgente se ha cruzado en su camino. Tan solo el Villarreal se atrevió a discutir este poderoso binomio en 2008, cuando el cuadro de Pellegrini selló un brillante segundo puesto. Se trataba, sin embargo, de un mero espejismo, ya que Madrid y Barça aventajan en una media de 21 puntos a al tercer clasificado desde que el Valencia de Benítez conquistó el título en 2004. La desigualdad es sideral. Unos se nutren de estrellas y otros se diluyen o, simplemente, sobreviven. De ahí nacen, en parte, los últimos récords: ligas de 100 puntos, pichichis con 50 goles o conjuntos que son capaces de marcar 121 tantos en una temporada.

neymar

Hay que remontarse a la campaña 2001-2002 para frotarse los ojos. Fue la última vez en la que blancos y culés acabaron la Liga fuera de las dos primeras posiciones. Valencia y Deportivo les privaron entonces a un segundo plano, pero la historia ha cambiado de manera drástica. El campeonato pierde, poco a poco, emoción y espectáculo. Los dos hermanos mayores se reparten el pastel sin más oposición que la suya propia. El resto debe conformarse con las migajas que deja tras de sí la estela del dinero. La Liga de los contrastes. Cruda realidad.

Fotos: www.defensacentral.comwww.larojadeportes.cl y madrid-barcelona.com 

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La línea que separa la ovación, el reconocimiento o el aplauso de la reprobación, el malestar o los silbidos suele ser muy estrecha, sumamente delgada, casi ínfima si hablamos de equipos grandes, acostumbrados a ganar históricamente, como el Real Madrid o el Barcelona por el portentoso talento de su plantilla y el enorme presupuesto que les sustenta en la cumbre. Estar a la altura de estos gigantes, seguir sus pasos y hacerles cara sin arrugarse es más bien improbable en una Liga en la que las diferencias son cada vez más grandes, incluso exageradas y demasiado llamativas. Por eso resulta tan aberrante que los blancos hayan perdido completamente el norte en la competición doméstica. Este cambio drástico con respecto a la última temporada, en la que batieron el récord de puntos (100) y goles (121), no se puede explicar fácilmente. Adjetivos como catástrofe o hecatombe no resultan exagerados teniendo en cuenta que el conjunto de Mourinho ha modificado sustancialmente su imagen hasta situarse a casi 20 puntos de los culés.

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Falta de hambre, deficiente preparación física, inoperancia para crear juego sin salir al contraataque, malestar de la plantilla con el técnico … ¿Cómo puede explicarse este giro tan radical? Robert Louis Stevenson ya aludía, a finales del siglo XIX, al trastorno de la personalidad en su obra ‘El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hide’. Mou se ha convertido, como Hide, en ese misántropo con la Prensa, los jugadores y el propio club. Su aversión al trato humano, egoísmo, prepotencia, malos modos y orgullo infinito ha creado un clima perverso, propicio para que se desaten todo tipo de tormentas en el terreno deportivo. No reconocer buen parte de sus errores y criticar duramente a sus futbolistas no le deja, desde luego, en buen lugar y le vuelve a situar en el punto de mira, no sólo de sus detractores, sino de la propia afición y de su séquito más incondicional. Las provocaciones del luso, que sólo da la cara ante los medios para señalar con el dedo a sus jugadores, se han vuelto contra la propia entidad, que nunca se ha atrevido a condenar sus constantes fechorías. Resulta muy grave que ‘Special One’ se muestre incapaz de incentivar a sus pupilos pese a definirse como un entrenador ‘top’. Tal vez si hubiera sido más humilde y menos ególatra la situación sería bien distinta, pero conviene precisar que únicamente ha recogido los frutos que ha sembrado. Mou me recuerda mucho a ese capitán del Costa Concordia que, tristemente, no ve más allá de sí mismo y decide abandonar el barco en primer lugar cuando éste se está hundiendo.
Florentino Pérez le ha dado tanto poder que se le ha ido todo de las manos. Fabricó la bomba de relojería y le ha estallado en las narices. Mou ha demostrado que también puede ponerle el dedo en el ojo al presidente del Madrid, tirando por la borda buena parte de los valores que ha distinguido al club en sus más de 100 años de historia. El señorío, el comportamiento ejemplar, los valores de juego limpio, esfuerzo o respeto han quedado muchas veces en un segundo plano para dar paso a las protestas, reproches y malas caras cuando los resultados no acompañan. El máximo mandatario de la entidad ya aprovechó una asamblea para enarbolar la bandera de la lucha contra la injusticia, olvidando fácilmente que un equipo grande no puede achacar sus fracasos deportivos a las decisiones de un colegiado. Florentino, en definitiva, ha proyectado la imagen del madridista ideal en la de Mourinho, que a su juicio “es la persona que mejor defiende los valores del madridismo”. Sumisión total, vamos.

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Pero la embarcación blanca se hunde también por otros frentes. ¿Qué pintan aquí los futbolistas? Mucho, desde luego. Al fin y al cabo, ellos son los que saltan al césped y tienen la última palabra. En este sentido, es preciso reseñar que prácticamente todos los jugadores, a excepción de Cristiano Ronaldo y Varane, están ofreciendo un rendimiento bastante inferior al del año pasado. Llamativo resulta, por ejemplo, la falta de preparación de un irreconocible Marcelo, al que aún le sobran varios kilos tras haberse recuperado de su lesión en el pie. Sintomática es la baja forma de Di María o la alarmante sequía goleadora de Benzema e Higuaín. Xabi Alonso, con problemas físicos, bastante hace con mantener el equipo en el centro del campo ante la inoperancia de Essien o Modric, que aún debe demostrar su calidad. A Özil, pese a su incuestionable calidad, le falta más regularidad en las citas grandes. Otros, como Coentrao y Kaká, no aportan absolutamente nada, sí en el apartado económico, pues han supuesto un coste de 95 millones de euros.
El único que ha dado la talla con creces es Cristiano Ronaldo. CR7 ha dejado atrás esa tristeza que nadie entendía y se ha puesto, decididamente, a trabajar. Es el ejemplo a seguir, el espejo en el que mirarse. Pero está muy solo, demasiado. Necesita a sus compañeros para darle la vuelta a una decepcionante campaña en la que la Copa y la Champions también se han puesto muy cuesta arriba. En ocho días, del 26 de febrero al 5 de marzo, el Madrid se juega toda la temporada y puede quedar apeado de todas las competiciones. No es ninguna pesadilla, amenaza con ser una dura realidad. En los últimos días, a Florentino se le viene mucho a la cabeza la canción con la que Presuntos Implicados se dio a conocer a principios de los noventa. Tiene razón Sole Giménez, cómo hemos cambiado.