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El 22 de junio de 1987, apenas un mes antes de que la banda norteamericana Guns N’Roses publicara su aclamado álbum ‘Appetite for Destruction’, un jugador de dos metros de estatura y menos de 90 kilos irrumpía en el draft de la NBA. David Robinson, número 1 de esa ronda, y el malogrado Armen Gilliam, ‘El ‘Martillo’, acaparaban los principales focos. En un segundo plano aparecía, sin hacer mucho ruido, un alero que había dejado una gran huella en la Universidad de California. Mucho menos popular que el base Steve Alford, de Indiana Hoosiers, los Pacers apostaron por un francotirador excelso: Reggie Miller. Había llegado la hora de abrirse camino en la mejor liga de baloncesto del mundo y de ganarse un respeto, como ese mismo año logró Aretha Franklin al ingresar en el Salón de la Fama del Rock.

MILLER

La NBA todavía lloraba la marcha de Julius Erving, uno de sus grandes ídolos, pero vibraba con la magia de los Lakers de Magic Jhonson, MVP de esa temporada, y el talento de Michael Jordan, máximo anotador, con una media de 37,1 puntos. El elenco de estrellas era casi infinito: Kareem Abdul-Jabbar, James Whorty, Larry Bird, Kevin McHale, Robert Parish, Isiah Thomas, Charles Barkley, Hakeem Olajuwon, Clyde Drexler, Karl Malone, John Stockton, Patrick Ewing, Joe Dumars, Dominique Wilkins … Casi nada. ¿Cómo hacerse un hueco?

El alero de Riverside lo tenía muy claro. La fórmula no era otra que el trabajo diario. Necesitaba pulir más su tiro para convertirse en un jugador letal. Y no decepcionó. En su primera temporada, Miller se desató desde el perímetro y superó la marca que había establecido Larry Bird como rookie. Sólo era el principio. Al año siguiente, sus promedios mejoraron de manera notable; casi 25 puntos por encuentro y un 41% en triples. La franquicia de Indianápolis comenzaba, por fin, a crecer. Reggie ganaba madurez. Se estaba convirtiendo en un líder al que no le temblaba el pulso en los momentos calientes. Así lo demostró en el quinto partido de la final de la conferencia Este de 1994 ante Nueva York. Silenció el Madison Square Garden. Anotó 39 puntos, 25 de ellos en el último cuarto, y comandó la victoria de su equipo, que cayó finalmente eliminado a manos de los neoyorquinos.

 

Indiana se tomó la revancha en las semifinales de 1995. Miller hizo posible lo imposible en el primer partido de la serie. Los Knicks dominaban por seis puntos a falta de 18,7 segundos. Sin embargo, ‘The Killer’, apodo que se ganó el número 31 de los Pacers, entró en escena. Ocho puntos (dos triples y dos tiros libres) en nueve segundos. Spike Lee no podía creérselo. El guión se le había escapado de las manos. Reggie tenía el mando. Él era el director de esa película de ciencia-ficción, que tampoco tendría final feliz por culpa de los Magic de ‘Penny’ Hardaway y Shaquille O’Neal.

 

No era el momento de rendirse ni de bajar los brazos. La llegada al banquillo de un hombre de la casa, como Larry Bird, resultó todo un acierto. Sólo los Bulls de Jordan cortaron las alas a Indiana en 1998. Chicago tuvo que sudar de lo lindo y la eliminatoria se decidió en el séptimo partido. No obstante, el triple sobre la bocina de Miller en el cuarto partido de la serie quedará siempre en la memoria de cualquier aficionado. Una muestra más de su raza competitiva ante, posiblemente, el mejor jugador de todos los tiempos.

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El esfuerzo a tantos años de duro sacrificio dio sus frutos dos años después. Con Miller y Jalen Rose compartiendo protagonismo en ataque, los Pacers se plantaron, por primera vez, en la final de la NBA tras eliminar a Nueva York, su verdugo la temporada anterior. En la batalla final aguardaban los poderosos Lakers de O’Neal y Bryant. Con 2-0, la eliminatoria llegó al Conseco Fieldhouse, donde Reggie tomó la palabra. 33 puntos en el tercer envite y triunfo para los de Indianápolis. El cuarto choque fue vibrante, un cara a cara espectacular entre Shaq, 36 puntos y 21 rebotes, y Miller, 35 puntos. Todo se decidió en la prórroga, con un Kobe Bryant providencial, aunque Miller erró el triple de la victoria.

El anillo se esfumó, prácticamente, en ese tiro a pesar de que Indiana sería capaz de vapulear a los angelinos (120-87) en el quinto encuentro. Finalmente, los angelinos se proclamaron campeones en el sexto partido. Miller lo intentó hasta le extenuación. Sus más de 24 puntos por encuentro en la final no fueron suficientes. Una campaña más volvía a quedarse a las puertas de la gloria.

La posterior salida de Bird tampoco ayudó a mantener el proyecto ganador. A pesar de las dificultades y de las ofertas que tuvo sobre la mesa, Reggie no abandonó nunca a los Pacers. Amor incondicional. Dio la talla hasta el final. Con casi 40 años se permitió el lujo de endosarle 39 puntos a los Lakers. Pocos pueden hacer lo mismo.

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Como anotador sublime, Miller se despidió a lo grande de las canchas de la NBA. Su última presa, Detroit, recibió 27 puntos. Se ganó el reconocimiento de una afición entregada a su fe ganadora. En sus 1.389 partidos con Indiana, el francotirador de Riverside promedió 18,2 puntos, con unos porcentajes sobresalientes: 47,1% en lanzamientos de dos, 39,5% desde la línea exterior y 88% en tiros libres. Su extraordinaria y eficiente mecánica de tiro, tanto en estático como en movimiento, le convierte en todo un mito del baloncesto. Una muñeca infalible, con 2.560 triples anotados en su brillante carrera, sólo superados por Ray Allen. El aniquilador de Indiana nos brindó 18 temporadas de puro lujo. No conquistó ningún anillo, pero nos hizo soñar y descubrir la grandeza de este deporte durante casi dos décadas. Un especialista en canastas imposibles que siempre formará parte de la leyenda del baloncesto. Se lo ha ganado con creces.

 

Fotos: fathomtheimagery.tumblr.com31andonly.deviantart.com y http://www.vavel.com

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Canastas destrozadas, como si fueran un pequeño juguete entre sus manos, y rivales impotentes, totalmente desquiciados, ante ese inmenso tsunami de energía. Es lo que Shaquille O’Neal se encargó de sembrar en las zonas de la NBA durante 19 años de reinado en la mejor liga de baloncesto del mundo. Orlando, Los Ángeles, Miami, Phoenix, Cleveland y Boston temblaron más de la cuenta cuando esta auténtica fuerza de la naturaleza imponía su ley gracias a unas cualidades excelsas: 2,16 metros, casi 150 kilos y una potencia estratosférica al poste. Totalmente imparable. Tal vez, el jugador más determinante de la historia en su puesto por su portentoso físico, unido a una capacidad ofensiva demoledora.

 

La tierra parecía agrietarse cuando Shaq machaba el aro y extendía su ley sin concesión alguna. Patentó un movimiento que, a día de hoy, muy pocos pueden aplicar con tanta efectividad. Ese ‘Tornado Negro’ (‘Drop Step’) se llevó, como el huracán más poderoso, todo lo que se puso por medio desde que los Magic lo eligieron como número 1 del draft en 1992. De este modo, logró tener el mejor porcentaje en tiros de campo durante 10 años.

Superó con creces las expectativas fijadas por los expertos. ‘Rookie del Año’ para, poco después, ganarse el respeto con un triple doble que asusta: 24 puntos, 28 rebotes y 15 tapones. Eso es someter. Cuatro anillos de campeón, sexto máximo anotador de la NBA, tres MVP en las Finales, otros tantos en el All-Star Game y jugador más valioso de la temporada 1999-2000, con casi 30 puntos de media por partido, incluidos esos 61 puntos y 23 rebotes que consiguió ante los Clippers. Son sólo algunos de los hitos de este gigantesco center de Newark, que ha compartido vestuario con otros colosos, como ‘Penny’ Hardaway, Kobe Bryant, Dwyane Wade, LeBron James o Kevin Garnett. Todos ellos reconocen su inmensa dedicación. Y eso que las lesiones y el paso de los años le impidieron, lógicamente, rendir a su máximo nivel. Ha marcado una época.

 

Espectáculo puro en las canchas y muy activo también fuera de ellas. Músico, actor y ahora comentarista. “Enigmático, gracioso y estúpido”. Así se autodefine. Es un hombre que conecta con el público, un showman. Ni siquiera su arrogancia, sus rarezas o sus pésimos porcentajes en el tiro libre (poco más del 50%) le restan brillo a su carrera. Ese privilegiado espacio en el Hall of Fame se lo ha ganado a pulso. Todavía hoy sigue recogiendo los frutos. Es emocionante ver cómo los Lakers retiran su dorsal 34 en el Staples Center. Su camiseta oro y púrpura ya está al lado de las de Magic Jhonson, Jerry West, Wilt Chamberlain, Kareem Abdul-Jabbar, Elgin Baylor, Gail Goodrich, James Worthy y Jamaal Wilkes.

camiseta O'Neal

Grande entre los grandes. El “espécimen físicamente más agraciado”, según Kobe Bryant, ha dejado un legado sumamente valioso para los amantes del baloncesto. El Gran Aristóteles -por hacer de la excelencia un hábito- o la Gran Bolsa -que siempre acaba cotizando al máximo- son algunos de los apodos que se ha puesto. Irónico y siempre con ese humor tan atrayente. Lo cierto es que Shaq ha marcado su territorio. Lo ha dominado a su antojo. Sí, es una fuerza de la naturaleza con una capacidad devastadora que nunca olvidaremos. Después de jugar a un “nivel terrícola” es hora de que vuelva a sus “raíces alienígenas”. Al fin y al cabo, O’Neal tiene cuerda para rato. Es inagotable.

 

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