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Toda exposición conlleva un riesgo implícito. España lo ha descubierto pronto en el Zlatorog Arena de Celje. De momento, la derrota ante Eslovenia es tan solo un aviso, una señal que indica la extrema dureza de la competición y la dificultad que entraña alcanzar la gloria. Conviene estar en alerta, abrir bien los ojos y reaccionar a tiempo. La autocrítica siempre es buena para tratar de mejorar y explotar esas virtudes que tantos éxitos nos han reportado. Las dudas pueden ser, hasta cierto punto, lógicas. Sin embargo, este equipo siempre aprende, nunca se viene abajo. Su orgullo, talento y determinación le permiten crecer hasta límites insospechados.

La memoria es, a veces, frágil. No podemos olvidar que esta generación de jugadores ha respondido de un modo excepcional: cinco metales en los últimos seis Europeos (únicamente se quedó fuera del podio en 2005 al ceder el bronce ante Francia). Dos oros, dos platas y un bronce reflejan su ADN ganador en Europa. Fuera de nuestro continente, los hitos también son deslumbrantes: oro en el Mundial de Japón 2006 y dos platas en los Juegos Olímpicos de Pekín 2008 y Londres 2012.

España merece, por tanto, más confianza. Las bajas de Pau Gasol, Navarro, Reyes e Ibaka han debilitado su potencial, sobre todo el juego interior, pero el espíritu ganador sigue intacto. Es el momento de trabajar codo con codo y espantar el pesimismo. No se ha perdido nada. El tropiezo ante la anfitriona debe servir de estímulo, como lo ha sido en seis de los siete últimos Europeos. Turquía, Serbia, Croacia y Israel ya nos batieron en la primera fase desde 2001. Siempre aprendimos de los errores. Y este año no será la excepción. Hay muchos argumentos que nos respaldan.

marc gasol

El ataque del combinado nacional pivota en torno a Marc Gasol, un seguro de vida en la zona. El mejor defensor de la NBA ha madurado a pasos agigantados. Impone su ley bajo los tableros y asume la responsabilidad en los momentos más difíciles. Sus promedios son demoledores: 15,5 puntos, 9 rebotes y 20 de valoración. Imparable, con casi nueve faltas recibidas por encuentro. El problema es que necesita más ayuda. Aguilar y, sobre todo, Claver todavía no han dado un paso al frente en ataque, mientras que Xavi Rey y Germán Gabriel, el único integrante de la generación del 80, apenas cuentan con minutos.

Juan Antonio Orenga apuesta por dos bases en la cancha. No renuncia al talento y la magia de Ricky, Calderón y Sergio Rodríguez. Es una buena opción siempre que se pueda correr el contraataque y no se pierdan demasiados balones (14 ante los eslovenos). Otra piedra angular es Rudy, quien debe asumir más galones de líder ante la baja de Navarro. Llull, Mumbrú y San Emeterio tienen mucho que aportar. Les sobra calidad y veteranía. Su ayuda es imprescindible. Hay que funcionar, en definitiva, como un equipo. Todos pueden sumar y sentirse importantes. No es normal que no se hayan alcanzado aún los 70 puntos y que el porcentaje en tiros libres sea de un 66 por ciento.

Selección

La prioridad máxima será definir los choques desde la defensa. Si España recupera esa intensidad y prevalecen las ayudas tendrá mucho que decir. La selección encajó 34 puntos ante Eslovenia hasta el minuto 25. En los 15 siguientes se vino abajo tras un parcial de 44-27. Ahí se perdió la batalla, no la guerra. Porque este equipo sigue muy vivo. Lo demostrará el sábado ante la República Checa de Vesely. No le temblará el pulso. Es el momento de dar un golpe sobre la mesa y recuperar sensaciones. Esas señales de aviso deben ser la base de una reacción poderosa e inmediata.

Fotos: http://www.noticiasdenavarra.comes.eurosport.yahoo.com

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El Madison Square Garden brillaba intensamente a principio de los años setenta. Una atrayente constelación de estrellas regía el cielo de Nueva York y dominaba la NBA bajo la batuta del sabio Red Holzman. Dos anillos de campeones (1970 y 1973) certificaban la supremacía de los Knicks, comandados por leyendas como Walt Frazier, Willis Reed, Dick Barnett, Earl Monroe, Dave DeBusschere y Bill Bradley. Los héroes inmortales de la ‘Gran Manzana’ se habían convertido en verdaderos referentes para millones de niños que se veían obligados a emigrar en busca de una vida mejor. Patrick Aloysius Ewing era uno de ellos. Tenía 12 años y dejaba atrás su país, Jamaica, para emprender un duro y largo viaje a Cambridge, donde dio sus primeros pasos como jugador de baloncesto en un camino no exento de dificultad y sacrificio.

El gigante de Kingston terminó por explotar su portentoso físico y cautivó a los ojeadores. Aceptó la beca de la Universidad de Georgetown y lideró a los Hoyas, dirigidos por John Thompson. Ewing cumplió las expectativas. Acarició muy pronto el título de la NCAA. North Carolina, con Jordan y Worthy como abanderados, le privaron de un campeonato que sí lograría ante los Cougars de Olajuwon tras firmar 16,4 puntos y 10 rebotes por partido. En su etapa sénior perfeccionó el juego en la zona y guió a su equipo a su tercera final en cuatro años. La ajustada derrota ante los Wildcats no iba a mermar su ambición de codearse con los más grandes.

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Pat’ se convirtió en el diamante más codiciado. Hasta siete franquicias se interesaron por el número 1 del draft de 1985, en el que, por primera vez, aparecía un español: Fernando Martín, seleccionado por los Nets en el puesto 38. El destino del center africano, ya con pasaporte estadounidense, no podía ser otro que Nueva York, tal y como deseaba. Los Knicks recuperaban la alegría después de haber perdido a su máxima figura, Bernard King. El francotirador de Brooklyn dejó el listón muy alto antes de romperse el ligamento anterior cruzado de su rodilla derecha, como acreditaban sus casi 33 puntos por encuentro. Una presión añadida más.

Julius Erving y Moses Malone le esperaban en su debut en la NBA. Y ‘Hoya Destroya’, apodo que se ganó como universitario, respondió de manera notable. 18 puntos, seis rebotes y tres tapones ante unos Sixers que no tuvieron piedad con el osado novato de 213 centímetros y 110 kilos. ¿Quién dijo miedo? La mala temporada de los neoyorquinos no le privó de ser elegido rookie del año. Sus números rozaron las dobles figuras: 20 puntos, nueve rebotes y dos tapones por choque. Pero todo se torcería en 1986. Los problemas físicos se cebaron con Ewing y le obligaron a parar. Una vez superada su lesión de rodilla, Rick Pitino se encargó de hacerle madurar junto a dos nuevos refuerzos: el base Mark Jackson y el ala-pívot Charles Oakley. No obstante, la competencia seguía siendo demasiado dura para alcanzar cotas mayores en los play-off. Se demandaban más cambios.

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La sólida apuesta por el técnico Pat Riley -cuatro anillos al frente de los Lakers– marca un verdadero punto de inflexión a partir de 1991. Sin embargo, los Bulls de Jordan se convirtieron en la auténtica bestia negra de los guerreros de la ‘Gran Manzana’, que dejaron escapar un 2-0 a su favor en la final de la conferencia Este de 1993. La revancha no se hizo esperar. Un año después, los Knicks aprovecharon la primera retirada de Jordan para apear a Chicago en segunda ronda (4-3). El camino estaba despejado. Ewing asumió el mando sin titubeos y ejerció de verdugo ante los Pacers de Reggie Miller en el séptimo duelo de la serie: 24 puntos, 22 rebotes, siete asistencias y cinco tapones. Sencillamente, magnífico.

Houston aguardaba en la final, con Olajuwon en estado de gracia. El cara a cara entre Patrick y Hakeem resultó espectacular, repleto de acciones de calidad. Nueva York acariciaba el anillo al término de la quinta batalla merced a la infinidad de recursos de su jugador franquicia. El número 33 reivindicó su condición de líder con 25 puntos, 12 rebotes y ocho tapones. Aplastante.

 

Los neoyorquinos tenían que rematar a su adversario. John Starks se jugó el triple de la victoria en el sexto partido, pero Olajuwon taponó el lanzamiento y llevó la serie al séptimo y decisivo envite. Un duro golpe del que no supieron reponerse los pupilos de Riley. Los Rockets no lo desaprovecharon y sumaron su primera corona ante la impotencia de Ewing, que se vio superado por la estrella texana a pesar de sus 19 puntos por noche.

Afortunadamente, la vida suele deparar segundas oportunidades si se trabaja con tesón y ahínco. Es lo que se repetía el pívot de origen jamaicano para mantener la esperanza, alimentada con el ‘aterrizaje’ de Allan Houston y Larry Johnson. Los Knicks mandaban 3-1 ante Miami en las semifinales de conferencia de 1997 hasta que una polémica decisión de los colegiados les cortó las alas. Una pelea entre P.J. Brown y Chris Childs provocó la suspensión de varios jugadores  neoyorquinos, lo que facilitó la remontada a los Heat de Alonzo Mourning. Otra frustración más. A la campaña siguiente, Ewing se lesionaba la muñeca y su equipo quedaba eliminado en segunda ronda por cuarto año consecutivo.

Robinson and Ewing in post

Con 36 años, ‘Pat’ aún gozaría de una última bala en su búsqueda del anillo. Latrell Sprewell y Marcus Camby aportaron un aire fresco a la plantilla. Pocos apostaban por el conjunto de Van Gundy después de finalizar en la octava plaza del Este en año del lockout. La sorpresa fue inmediata. El primer enemigo abatido fue Miami, primer clasificado de su conferencia, gracias a una canasta sobre la bocina de Houston. Acto seguido, los de Nueva York eliminaron con autoridad a los Hawks y se deshicieron de los Pacers en seis partidos tras un milagroso 3+1 de Larry Jhonson. No todo fueron alegrías. Ewing se rompió el tendón de Aquiles y se perdía la ansiada final. La mala suerte volvía a frenarle en seco. Ahí se esfumó el milagro. Los Spurs de Duncan y Robinson aprovecharon su ausencia y dinamitaron la eliminatoria (4-1).

         El reinado de Patrick tocaba a su fin, aunque aún tendría la oportunidad de vivir su última final de conferencia ante los Pacers, resuelta por Indiana (4-2). Tras 15 años liderando a sus queridos Knicks, ‘Pat’ optó por acabar su carrera en Seattle y Orlando. 11 veces All-Star y doble campeón olímpico con Estados Unidos (1984 y1992), Ewing promedió 21 puntos, 9,8 rebotes y 2,4 tapones en 17 temporadas. Integrante del Salón de la Fama, excelente defensor, gran intimidador y un seguro en la zona, como sostiene su alto porcentaje en tiros de campo, un 50,4%. Disputó más de mil partidos en la ‘Gran Manzana’ y, a día de hoy, continúa siendo el rey más venerado del Madison Square Garden. Se quedó a las puertas del anillo, al igual que Miller, Iverson, Barkley, Malone, Stockton, Maravich o Gervin, pero su corazón milenario continúa latiendo en Nueva York a ritmo de baloncesto.

 

Fotos: www.nba.comtalkinhoopz.com y www.marca.com

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El sueño americano de un espigado joven de Lagos comenzó a cobrar forma en los últimos días de la primavera de 1984. El 19 de junio, buena parte de las ilusiones de millones de nigerianos se concentraba en Nueva York. David Stern desató la locura en el país africano tras desvelar que Akeem Abdul Olajuwon era el número uno del draft, por delante de Michael Jordan (3), Charles Barkley (5) y John Stockton (16). Su destino quedaba vinculado a Houston, donde este talentoso pívot de 2,10 se había formado junto a figuras de la talla de Clyde Drexler, uno de sus grandes amigos. Ambos constituyeron los cimientos ganadores de unos Cougars que rozaron el título de la NCAA durante dos años gracias a su espectacular juego, bautizado por los expertos como la ‘Phi Slamma Jamma’.

1995 NBA Finals Game 1: Houston Rockets vs. Orlando Magic

Olajuwon comenzó su ‘baile’ en las pistas de la NBA junto a otro gigante de 2,24, Ralph Sampson, rookie del año la temporada anterior con 21 puntos y 11 rebotes por partido. Un tándem de lujo, conocido como las Torres Gemelas, que dio sus frutos en muy poco tiempo. Akeem mostró al mundo su excelente juego de pies y firmó 20,6 puntos, 11,9 rebotes y 2,68 tapones en su primer año. Únicamente Jordan superó sus números.

En su segundo año, The Dream se desató y se ganó este apodo por méritos propios. Había nacido una estrella, cuya inmensa luz deslumbró a los Lakers en la final de la conferencia Oeste de 1986. Fue su bautismo de fuego. Anotó más de 37 puntos de media en los dos últimos choques y se convirtió en el verdugo del conjunto californiano. Imparable en la zona. Los Rockets estaban a un paso del anillo, pero los Celtics de Bird, McHale y Parish no titubearon y resolvieron la serie sin muchas dificultades (4-2).

Tras más de un lustro de sombras a nivel de resultados, Houston volvía por la puerta grande a las órdenes de Rudy Tomjanovich. En ese periodo, el center nigeriano no sólo había cambiado su nombre por el de Hakeem, sino que había pulido más su amplio repertorio de movimientos al poste, muy bien aconsejado por el mítico Moses Malones, dos veces MVP de la NBA. Su juego crecía de manera espectacular, lo que le permitía destacar en casi todas las facetas. El 29 de marzo de 1990 hizo historia al lograr un cuádruple-doble ante los Bucks: 18 puntos, 16 rebotes, 10 asistencias y 10 tapones. Melodía celestial.

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El Dream Shake causaba furor. Desquiciaba a sus defensores con fintas imposibles e inéditos pasos de bailarín. A ello se añadía su gran capacidad de intimidación y su seguridad bajo los aros. Así comenzó a forjarse la leyenda del mejor pívot nigeriano de todos los tiempos, que se permitía el lujo de martillear la zona de Patrick Ewing, David Robinson, Karl Malone y un imberbe Shaquille O’Neal.

         Precisamente, su primer anillo llegó tras ganarle la partida a los Knicks del jamaicano Ewing en 1994. El equipo neoyorquino dominaba 3-2 y tenía posesión para proclamarse campeón, pero Olajuwon taponó un triple de John Starks y forzó el séptimo encuentro. Ahí volvió a ser decisivo, con 25 puntos y 10 rebotes. Completaba una temporada mágica en la que ganó el MVP de la temporada regular y de las finales y fue designado mejor jugador defensivo. El anhelado sueño de ese niño, que empezó como portero de fútbol y jugador de balonmano, se hizo realidad a sus 31 años.

La disciplina y constancia del jugador de ascendencia Yoruba, con pasaporte norteamericano desde 1993, propiciaba unos resultados óptimos al equipo texano. Hakeem era la única estrella, con escuderos como Robert Horry, Otis Thorpe, Vernon Maxwell, Kenny Smith y Sam Cassell. Los Rockets estaban de moda, más aún tras la incorporación de Clyde Drexler. Funcionaban como bloque y volverían a ganar el anillo en 1995 a pesar de su floja temporada regular (47 victorias y 35 derrotas). Superaron a Utah y Phoenix con dificultades para plantarse en la final de conferencia y derribar el muro de los Spurs de Robinson y Rodman. No había manera de frenar las genialidades de un Olajuwon, quien promedió 33 puntos y 10,3 rebotes en los play-off por el título, y no tuvo piedad de los Magic (4-0) de O’Neal.

Sin embargo, la plantilla envejecía y las lesiones se cruzaban en el camino de Houston, que intentó volver por sus fueros con la adquisición de Charles Barkley. Los Rockets daban un gran salto de calidad y superaban a Minnesota y Seattle en las primeras rondas, pero los emergentes Jazz de Stockton y Malone supieron contenerles en la final de conferencia de 1997 (4-2). Ni siquiera la posterior incorporación de Pippen ayudó a renacer a la franquicia de Texas. Olajuwon, su hijo predilecto, abandonaba su casa después de 17 temporadas y emprendía rumbo a Toronto, donde se retiraría con 39 años.

Atrás quedan 1.238 partidos y una sobresaliente media de 21,8 puntos, 11,1 rebotes, 2,5 asistencias, 3,1 tapones y 1,7 robos por partido, con un porcentaje del 51,2% en lanzamientos de dos. A día de hoy, Hakeem, 12 veces All-Star y oro olímpico en Atlanta, aún puede presumir de ser el máximo taponeador de la NBA (3.830) y de sobresalir en las estadísticas históricas de anotación (noveno), rebotes (duodécimo) y recuperaciones (octavo). Accedió al Hall of Fame en 2008, pero mucho antes cumplió un sueño que parecía inalcanzable: reinar en la NBA y marcar una época desde la elegancia que desprendían sus acompasados movimientos. Su música era el baloncesto y él su mejor bailarín en la pista. Pura y atrayente melodía.

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Fotos: www.fivemagazine.eswww.nba.com 3deportivo.blogspot.com

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Ioannis Bourousis es el auténtico gigante heleno de Karditsa. Con 2,10 de estatura y 29 años, este center de 122 kilos no para de crecer y mostrar sus galones. Se abrió camino en Atenas, cuna de guerreros y dioses, hace ya 11 años y se ha consagrado como uno de los mejores pívots de Europa. Su juego es tan imponente como el fuego griego, un arma secreta que comenzó a utilizar el imperio bizantino a partir del siglo VI con el fin de contener los asedios navales de los árabes. Es la misma fórmula que ha empleado el nuevo jugador del Real Madrid para someter a sus rivales, a los que suele desquiciar con su fuerte personalidad y envidiable carácter competitivo. Un cinco de los que escasean en el viejo continente, que recuerda mucho a Felipe Reyes por su enorme facilidad a la hora de rebotear y sacrificarse por sus compañeros.

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Su juego no es, precisamente, muy vistoso, pero sí muy efectivo. Buen juego de espaldas, intimidador y una amenaza constante al poste, donde puede anotar con ambas manos y es capaz de sacar muchas faltas a sus oponentes. Es lo que ha dejado patente durante su estancia en Grecia e Italia. Su único lunar fue su paso fugaz por Barcelona, donde acusó su juventud (22 años) y su falta de aclimatación al equipo, pues sólo disputó tres encuentros en los que apenas tuvo protagonismo.

Bourousis ya apuntaba muy alto desde joven y los éxitos no tardaron en llegar. En 2002, se proclamó campeón de Europa Sub’20 con su selección y levantó la liga griega con el AEK. Tras completar su formación y lograr el oro en el Europeo de 2005, decidió dar el salto a Olympiacos. Comenzó a asumir un mayor peso ofensivo y se convirtió en un jugador mucho más completo y ambicioso a las órdenes de Pini Gershon., aunque fue Panagiotis Giannakis quien acabó de pulirlo. Ese gran paso llegaría en 2009. En los cuartos de final de la Euroliga ejerció de líder ante el Real Madrid. Su actuación en el cuarto partido de la serie resultó vital: 25 puntos, seis rebotes, dos asistencias y siete faltas recibidas para sumar 34 de valoración. Olympiacos volvía, diez años después, a una Final Four gracias al pívot de Karditsa, que mantuvo un duelo colosal bajo los aros con Felipe Reyes y fue elegido en el quinteto ideal de la Euroliga junto a McIntyre, Rakocevic, Navarro y Pekovic. Talento al poder.

La guinda llegaría, meses después, en el Eurobasket de Polonia. El combinado heleno lograba el bronce tras superar a Eslovenia, aportando nueve puntos y siete rebotes. Un año mágico en el que también deslumbraría con partidos excelsos en la fase regular de la máxima competición continental. De hecho, apabulló a Efes, al que endosó 23 puntos en 12 minutos, con una valoración de 34.

El panorama cambió en 2010. Su equipo naufragó ante el Barça en la final de la Euroliga (86-68). Un mazazo que se hizo más grande a nivel personal después de ser golpeado en la cabeza con una silla por parte de Krstic durante el transcurso del partido que disputaron Grecia y Serbia en el Torneo de la Acrópolis.

Poco después, España eliminaría a la selección griega en los octavos de final del Mundial de Turquía. Eso sí, Bourousis se desquitó con la consecución de dos Copas griegas en 2010 y 2011. Sin embargo, abandonó Olympiacos por la puerta de atrás tras verse involucrado en una red de dopaje de su país. Es entonces cuando decide cambiar de aires y apostar por el renovado Milán de Sergio Scariolo. En su primera temporada, cumple sin demasiado brillo (nueve puntos y 6,4 rebotes en la Euroliga), aunque estalla en el Eurobasket de Lituania. Los helenos, que acabaron sextos, cedieron en cuartos ante Francia a pesar de sus dobles figuras; 17 puntos y 11 rebotes. Pero Bourousis se desquitó ante Serbia. Mostró un poderío descomunal. 27 puntos, seis rebotes y 25 de valoración en 27 minutos. Grecia mantenía las opciones de llegar a Londres 2012, pero Nigeria acabaría haciendo añicos su sueño en el Preolímpico. De poco sirvieron sus 18 puntos frente a los africanos.

Pero si algo caracteriza a Bourousis es su tremenda ambición. En su segunda campaña en Italia lo dejó bien claro, sobre todo en la Euroliga, donde promedió 14 puntos y 8,3 capturas por encuentro. Su valoración se disparó a 18,9. Todo ello acompañado de una mejora en sus porcentajes; 61,3% en tiros de dos, 38,5% desde el perímetro y 74,5% en libres. Números que no han pasado desapercibidos para el Real Madrid, que apuesta decididamente por la contundencia del pívot griego con el firme objetivo de volver a dominar Europa. Los blancos equilibran su juego y, desde hoy, son un equipo mucho más sólido y poderoso, al igual que las potentes llamas del fuego heleno. De ahí nace la fuerza de Bourousis.

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Fotos: www.elconfidencial.com  y www.libertaddigital.com

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El 22 de junio de 1987, apenas un mes antes de que la banda norteamericana Guns N’Roses publicara su aclamado álbum ‘Appetite for Destruction’, un jugador de dos metros de estatura y menos de 90 kilos irrumpía en el draft de la NBA. David Robinson, número 1 de esa ronda, y el malogrado Armen Gilliam, ‘El ‘Martillo’, acaparaban los principales focos. En un segundo plano aparecía, sin hacer mucho ruido, un alero que había dejado una gran huella en la Universidad de California. Mucho menos popular que el base Steve Alford, de Indiana Hoosiers, los Pacers apostaron por un francotirador excelso: Reggie Miller. Había llegado la hora de abrirse camino en la mejor liga de baloncesto del mundo y de ganarse un respeto, como ese mismo año logró Aretha Franklin al ingresar en el Salón de la Fama del Rock.

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La NBA todavía lloraba la marcha de Julius Erving, uno de sus grandes ídolos, pero vibraba con la magia de los Lakers de Magic Jhonson, MVP de esa temporada, y el talento de Michael Jordan, máximo anotador, con una media de 37,1 puntos. El elenco de estrellas era casi infinito: Kareem Abdul-Jabbar, James Whorty, Larry Bird, Kevin McHale, Robert Parish, Isiah Thomas, Charles Barkley, Hakeem Olajuwon, Clyde Drexler, Karl Malone, John Stockton, Patrick Ewing, Joe Dumars, Dominique Wilkins … Casi nada. ¿Cómo hacerse un hueco?

El alero de Riverside lo tenía muy claro. La fórmula no era otra que el trabajo diario. Necesitaba pulir más su tiro para convertirse en un jugador letal. Y no decepcionó. En su primera temporada, Miller se desató desde el perímetro y superó la marca que había establecido Larry Bird como rookie. Sólo era el principio. Al año siguiente, sus promedios mejoraron de manera notable; casi 25 puntos por encuentro y un 41% en triples. La franquicia de Indianápolis comenzaba, por fin, a crecer. Reggie ganaba madurez. Se estaba convirtiendo en un líder al que no le temblaba el pulso en los momentos calientes. Así lo demostró en el quinto partido de la final de la conferencia Este de 1994 ante Nueva York. Silenció el Madison Square Garden. Anotó 39 puntos, 25 de ellos en el último cuarto, y comandó la victoria de su equipo, que cayó finalmente eliminado a manos de los neoyorquinos.

 

Indiana se tomó la revancha en las semifinales de 1995. Miller hizo posible lo imposible en el primer partido de la serie. Los Knicks dominaban por seis puntos a falta de 18,7 segundos. Sin embargo, ‘The Killer’, apodo que se ganó el número 31 de los Pacers, entró en escena. Ocho puntos (dos triples y dos tiros libres) en nueve segundos. Spike Lee no podía creérselo. El guión se le había escapado de las manos. Reggie tenía el mando. Él era el director de esa película de ciencia-ficción, que tampoco tendría final feliz por culpa de los Magic de ‘Penny’ Hardaway y Shaquille O’Neal.

 

No era el momento de rendirse ni de bajar los brazos. La llegada al banquillo de un hombre de la casa, como Larry Bird, resultó todo un acierto. Sólo los Bulls de Jordan cortaron las alas a Indiana en 1998. Chicago tuvo que sudar de lo lindo y la eliminatoria se decidió en el séptimo partido. No obstante, el triple sobre la bocina de Miller en el cuarto partido de la serie quedará siempre en la memoria de cualquier aficionado. Una muestra más de su raza competitiva ante, posiblemente, el mejor jugador de todos los tiempos.

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El esfuerzo a tantos años de duro sacrificio dio sus frutos dos años después. Con Miller y Jalen Rose compartiendo protagonismo en ataque, los Pacers se plantaron, por primera vez, en la final de la NBA tras eliminar a Nueva York, su verdugo la temporada anterior. En la batalla final aguardaban los poderosos Lakers de O’Neal y Bryant. Con 2-0, la eliminatoria llegó al Conseco Fieldhouse, donde Reggie tomó la palabra. 33 puntos en el tercer envite y triunfo para los de Indianápolis. El cuarto choque fue vibrante, un cara a cara espectacular entre Shaq, 36 puntos y 21 rebotes, y Miller, 35 puntos. Todo se decidió en la prórroga, con un Kobe Bryant providencial, aunque Miller erró el triple de la victoria.

El anillo se esfumó, prácticamente, en ese tiro a pesar de que Indiana sería capaz de vapulear a los angelinos (120-87) en el quinto encuentro. Finalmente, los angelinos se proclamaron campeones en el sexto partido. Miller lo intentó hasta le extenuación. Sus más de 24 puntos por encuentro en la final no fueron suficientes. Una campaña más volvía a quedarse a las puertas de la gloria.

La posterior salida de Bird tampoco ayudó a mantener el proyecto ganador. A pesar de las dificultades y de las ofertas que tuvo sobre la mesa, Reggie no abandonó nunca a los Pacers. Amor incondicional. Dio la talla hasta el final. Con casi 40 años se permitió el lujo de endosarle 39 puntos a los Lakers. Pocos pueden hacer lo mismo.

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Como anotador sublime, Miller se despidió a lo grande de las canchas de la NBA. Su última presa, Detroit, recibió 27 puntos. Se ganó el reconocimiento de una afición entregada a su fe ganadora. En sus 1.389 partidos con Indiana, el francotirador de Riverside promedió 18,2 puntos, con unos porcentajes sobresalientes: 47,1% en lanzamientos de dos, 39,5% desde la línea exterior y 88% en tiros libres. Su extraordinaria y eficiente mecánica de tiro, tanto en estático como en movimiento, le convierte en todo un mito del baloncesto. Una muñeca infalible, con 2.560 triples anotados en su brillante carrera, sólo superados por Ray Allen. El aniquilador de Indiana nos brindó 18 temporadas de puro lujo. No conquistó ningún anillo, pero nos hizo soñar y descubrir la grandeza de este deporte durante casi dos décadas. Un especialista en canastas imposibles que siempre formará parte de la leyenda del baloncesto. Se lo ha ganado con creces.

 

Fotos: fathomtheimagery.tumblr.com31andonly.deviantart.com y http://www.vavel.com

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Trabajo, sacrificio y talento al servicio del equipo. Es la fórmula perfecta que aplica el seleccionador nacional de baloncesto femenino, Lucas Mondelo, para volver a reinar en el viejo continente. Sin hacer ruido y huyendo del pesimismo que nos perseguía desde 2011, las heroínas españolas han repetido la gesta de Perugia. En 1993, colosas como Ares, Cebrián o Ferragut marcaron el camino hacia la gloria ante Francia. Dos décadas después, Lyttle, Torrens, Xargay y compañía toman de nuevo el mando en la pequeña localidad francesa de Orchies. Y lo hacen por la puerta grande después de someter en su propia casa al portentoso combinado galo, actual subcampeón olímpico, y finalizar invictas el torneo; nueve victorias que disipan cualquier atisbo de dudas. Descomunales.

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Es el brillante triunfo de un bloque que aúna juventud y veteranía. España ha demostrado una ambición superlativa tras el inesperado tropiezo del Eurobasket de Polonia, cuya novena plaza nos privó de los Juegos Olímpicos de Londres. Pero de ese accidente (las españolas sumaban cinco metales consecutivos hasta entonces en los Europeos) se ha aprendido a marchas forzadas para poner las cosas en su sitio y tocar el cielo. La llegada al banquillo de Mondelo ha acelerado el proceso de aprendizaje. El entrenador barcelonés cogió las riendas de la Selección en mayo de 2012 y, desde entonces, lo ha bordado. La mejor elección posible, como demuestra su brillante palmarés: plata con la Sub-19 en el Mundial, más un oro y una plata con la Sub-20 en los Europeos. Lo ganó todo a los mandos de Perfumerías Avenida e, incluso, se ha proclamado campeón de la Liga China con un equipo recién ascendido. Su filosofía conecta muy bien con las jugadoras y se traduce en resultados.

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En la cancha, el equipo español se sustenta, principalmente, en la clase y la magia de dos de sus jugadoras, compañeras en el Galatasaray turco. El primer bastión es la pívot caribeña Sancho Lyttle, nacionalizada en 2010 y MVP del torneo, con un promedio de 18,3 puntos y 11,1 rebotes. Determinante, imparable. El segundo pilar es la alero mallorquina Alba Torrens, de 23 años, que asume la responsabilidad en los momentos críticos y siempre responde a la exigencia.

 

España, eso sí, es mucho más. Hablamos de un auténtico equipazo en el que todas aportan, como la joven Marta Xargay, MVP del Mundial Sub-19, o las veteranas Elisa Aguilar y Amaya Valdemoro. Ambas se han despedido de la mejor manera posible de la Selección, con la que han conquistado seis metales, y dejan un recuerdo imborrable. Y no nos podemos olvidar de las guerreras Silvia Domínguez, Laia Palau, Cristina Ouviña, Queralt Casas, Cindy Lima, Laura Nicholls y Laura Gil. Son las 12 heroínas de Orchies y ya forman parte de la historia de nuestro baloncesto. Su próximo reto será mayúsculo, como su corazón: defender el bronce del último Mundial de la República Checa y plantarle cara a las norteamericanas en Turquía 2014. Las chicas de Mondelo pisan fuerte. Su valor es incalculable, como el metal más preciado que ya poseen. Una generación de oro.

Fotos: http://www.rtve.es y http://www.zonadostres.com

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Todo buen capitán conduce a su equipo hacia la victoria final, la más ansiada y añorada. Transmite fuerza, ilusión y ambición a un grupo que se sustenta en sus brazos de hierro, curtidos en mil batallas. Imprescindible a la hora de asumir responsabilidades y de ejecutarlas a la perfección. Inteligente, tenaz, valiente e inmortal. Felipe Reyes Cabanas sigue dando el callo a sus 33 años. La competencia le ha hecho crecer y madurar como jugador a pasos agigantados. Une al grupo, lo hace más compacto y sólido, y acepta el rol asignado por el técnico. Un ejemplo dentro y fuera de la cancha.

Somos el Real Madrid y estamos obligados a ganar”. Una frase que lleva escrita a fuego en su corazón. No se arruga, siempre aparece en los momentos de mayor presión. Irrumpió en el tercer partido por el título ante el Barcelona (20 puntos y 26 de valoración) y emergió, de nuevo, en el quinto y definitivo choque (14 puntos y 13 de valoración). El pívot cordobés suma su segundo MVP de la final de la Liga Endesa, como ya hizo en 2007 e iguala al mítico Sabonis. Los merengues vuelven a instalarse en la élite del baloncesto español. Y Felipe sigue comandando la nave.

reyes mvp

Espartaco’, como le apodó el gran Andrés Montés, ha dirigido la rebelión contra el imperio blaugrana, que sumaba siete finales consecutivas y tres títulos en los últimos seis años. Infatigable e imparable. Reyes ha promediado 12,2 puntos, 5,2 rebotes y 13 de valoración en 22 minutos. Ha recibido 22 faltas y ha capturado 26 rebotes, 15 de ellos en ataque. Espectacular. Su porcentaje en el tiro de dos ha sido brillante, un 60% (20/33). Sigue mejorando sus lanzamientos desde el 4,60, con un 75% (21/28). Un auténtico bastión para su equipo, sobre todo si tenemos en cuenta el desacierto del Real Madrid desde el perímetro, un pobre 23,58% (25/106). La tormenta se había desatado y el barco parecía condenado a naufragar hasta que los blancos han decidido ser fieles a su estilo, otra vez con Felipe asumiendo galones.

 

Reyes un luchador nato, de espíritu de oro, propio de esa irrepetible generación de 1980. Admirado por compañeros y rivales. Su padre disfruta de él desde el cielo. Este verano tendrá que parar y no participará en el Eurobasket, pero volverá. Siempre lo hace. Su próximo reto se la Euroliga. Necesitará refuerzos de lujo, pero no cejará en su empeño hasta conquistarla. Inconmensurable, eterno. Felipe continúa reinando.

Foto: http://www.vavel.com

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