Ocho meses. Es lo que ha necesitado Rafa Nadal para poner el mundo del tenis a sus pies. En febrero, tras más de medio año sin competir por culpa de una dolorosa lesión de rodilla, regresaba a las pistas con el objetivo de recuperar sensaciones, de volver a sentirse jugador y disfrutar de un deporte que ama desde pequeño. Su vuelta fue inmejorable. Disipó dudas desde el primer instante y supo adaptar su juego a cualquier superficie, tanto en pista rápida como en tierra batida. Únicamente se le resistió la hierba de Wimbledon, donde sus heridas aún no han cicatrizado.

Nadal

Paso a paso, con una determinación admirable, comenzó a ganar o, más bien, a avasallar a sus rivales. Sin tregua, sin contemplaciones. Un auténtico huracán. Imparable. Insaciable. 65 victorias y tan solo tres derrotas. 10 títulos, incluidos dos Grand Slam: Roland Garros y US Open. 13 finales en 14 torneos. Inhumano, épico.

De febrero a octubre ha firmado su mejor temporada como profesional. Ha sido capaz de aventajar en 7.620 puntos a Novak Djokovic, quien ha tenido que ceder su trono ante el ímpetu y el tesón del tenista de Manacor. Curiosamente, el serbio le arrebató la corona el 3 de julio de 2011 en la gran final del All England Club. 824 días después, Rafa toma el mando en el mismo lugar, Pekín, donde se alzó con el oro en 2008. Mucho más agresivo y letal, inicia su tercer reinado al frente de la ATP. Esta vez, el balear agarrará aún más fuerte su cetro. Defiende 1.340 puntos hasta final de temporada frente a los 4.035 de su principal oponente.

 

Con 27 años, Nadal hace gala de una madurez extraordinaria. Su humildad es máxima. Sus 13 Grand Slam y 26 Masters 1.000 le han fortalecido, pero nunca ha perdido la perspectiva. Conserva los pies en el suelo y trata, a diario, de superarse. Un ganador nato que siempre agradece todo lo que está viviendo. Nunca mira para otro lado cuando se equivoca. Es sincero y directo, un luchador incansable. No se siente el mejor jugador del mundo. Sólo trata de crecer, de derribar barreras.

Inconformista por naturaleza, Rafa no ha llegado hasta aquí para detenerse. Las celebraciones quedan a un lado. Trabajo y más trabajo. Esa es su fórmula, la que le permite marcar una época plagada de éxitos. Y los que aún quedan por llegar: Shanghái, Miami, París-Bercy o la Copa de Maestros. El destino de un guerrero admirable.

Foto: www.20minutos.es

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Toda exposición conlleva un riesgo implícito. España lo ha descubierto pronto en el Zlatorog Arena de Celje. De momento, la derrota ante Eslovenia es tan solo un aviso, una señal que indica la extrema dureza de la competición y la dificultad que entraña alcanzar la gloria. Conviene estar en alerta, abrir bien los ojos y reaccionar a tiempo. La autocrítica siempre es buena para tratar de mejorar y explotar esas virtudes que tantos éxitos nos han reportado. Las dudas pueden ser, hasta cierto punto, lógicas. Sin embargo, este equipo siempre aprende, nunca se viene abajo. Su orgullo, talento y determinación le permiten crecer hasta límites insospechados.

La memoria es, a veces, frágil. No podemos olvidar que esta generación de jugadores ha respondido de un modo excepcional: cinco metales en los últimos seis Europeos (únicamente se quedó fuera del podio en 2005 al ceder el bronce ante Francia). Dos oros, dos platas y un bronce reflejan su ADN ganador en Europa. Fuera de nuestro continente, los hitos también son deslumbrantes: oro en el Mundial de Japón 2006 y dos platas en los Juegos Olímpicos de Pekín 2008 y Londres 2012.

España merece, por tanto, más confianza. Las bajas de Pau Gasol, Navarro, Reyes e Ibaka han debilitado su potencial, sobre todo el juego interior, pero el espíritu ganador sigue intacto. Es el momento de trabajar codo con codo y espantar el pesimismo. No se ha perdido nada. El tropiezo ante la anfitriona debe servir de estímulo, como lo ha sido en seis de los siete últimos Europeos. Turquía, Serbia, Croacia y Israel ya nos batieron en la primera fase desde 2001. Siempre aprendimos de los errores. Y este año no será la excepción. Hay muchos argumentos que nos respaldan.

marc gasol

El ataque del combinado nacional pivota en torno a Marc Gasol, un seguro de vida en la zona. El mejor defensor de la NBA ha madurado a pasos agigantados. Impone su ley bajo los tableros y asume la responsabilidad en los momentos más difíciles. Sus promedios son demoledores: 15,5 puntos, 9 rebotes y 20 de valoración. Imparable, con casi nueve faltas recibidas por encuentro. El problema es que necesita más ayuda. Aguilar y, sobre todo, Claver todavía no han dado un paso al frente en ataque, mientras que Xavi Rey y Germán Gabriel, el único integrante de la generación del 80, apenas cuentan con minutos.

Juan Antonio Orenga apuesta por dos bases en la cancha. No renuncia al talento y la magia de Ricky, Calderón y Sergio Rodríguez. Es una buena opción siempre que se pueda correr el contraataque y no se pierdan demasiados balones (14 ante los eslovenos). Otra piedra angular es Rudy, quien debe asumir más galones de líder ante la baja de Navarro. Llull, Mumbrú y San Emeterio tienen mucho que aportar. Les sobra calidad y veteranía. Su ayuda es imprescindible. Hay que funcionar, en definitiva, como un equipo. Todos pueden sumar y sentirse importantes. No es normal que no se hayan alcanzado aún los 70 puntos y que el porcentaje en tiros libres sea de un 66 por ciento.

Selección

La prioridad máxima será definir los choques desde la defensa. Si España recupera esa intensidad y prevalecen las ayudas tendrá mucho que decir. La selección encajó 34 puntos ante Eslovenia hasta el minuto 25. En los 15 siguientes se vino abajo tras un parcial de 44-27. Ahí se perdió la batalla, no la guerra. Porque este equipo sigue muy vivo. Lo demostrará el sábado ante la República Checa de Vesely. No le temblará el pulso. Es el momento de dar un golpe sobre la mesa y recuperar sensaciones. Esas señales de aviso deben ser la base de una reacción poderosa e inmediata.

Fotos: http://www.noticiasdenavarra.comes.eurosport.yahoo.com

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Alarma roja. La supremacía de Red Bull es incuestionable. El tiempo está a punto de agotarse en Ferrari, más preocupada en buscar la unidad de la escudería que en conseguir un monoplaza competitivo, tanto en calificación como en carrera. Porque de muy poco sirve presentar mejoras en el F138 si luego se cometen errores en la estrategia e, incluso, falla el propio piloto, atenazado por una mala planificación. Esa irregularidad obliga a Fernando Alonso a tomar más riesgos de los necesarios y a realizar clases magistrales desde más allá de la tercera línea de salida. Se concede demasiada ventaja al adversario y eso se paga. Es evidente, una vez más, que el equipo italiano no es capaz de sacudirse la presión y trasladársela al RB9, el coche más rápido y fiable de la parrilla.

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El proyecto de Adrian Newey no tiene fisuras. Vettel va camino de conquistar su cuarto Mundial tras una nueva exhibición en Spa-Francorchamps. Ni siquiera la heroicidad del genio español, que ganó siete posiciones en menos de 20 vueltas, puso en apuros al alemán. ‘Seb’ ha madurado en su conducción, apenas comete errores y suma, a sus 26 años, 31 victorias en Fórmula Uno. Ha igualado al mítico Nigel Mansell y se sitúa a una del ovetense. El ascenso del piloto de Heppenheim ha sido meteórico. En cuatro años en las filas de la compañía austríaca suma un subcampeonato y tres títulos. Los números asustan. Las sensaciones, también. ¿Imparable?

La ventaja de Vettel se ha disparado hasta los 46 puntos con su máximo perseguidor, Alonso, a falta de ocho pruebas. Y los precedentes no son nada halagüeños para el asturiano, que no ha ganado en Italia, Singapur, Corea del Sur, Japón, India, Abu Dabi, Estados Unidos (se retomó la temporada anterior) y Brasil en los dos últimos años. Por el contrario, el germano ha logrado ocho triunfos en ese periodo: doblete en Marina Bay, Yeongam y Buddh, y victorias en Monza (2011) y Suzuka (2012).

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El bicampeón español debe realizar una proeza si quiere cambiar el rumbo del Mundial. Seguir, en definitiva, el ejemplo de Vettel, quien se sobrepuso a la adversidad y remontó 39 puntos en siete grandes premios para alzar su tercera corona. En este sentido, Fernando necesita ser el más rápido en al menos cuatro carreras y esperar algún abandono de su máximo rival.

La teoría puede resultar, hasta cierto modo, sencilla, pero la práctica es muy diferente. Ferrari se lo juega todo a una carta. Debe evolucionar mucho más y no vivir exclusivamente del talento de Alonso. El monoplaza es demasiado vulnerable en las calificaciones y está muy lejos de la pole. Todo se pone cuesta arriba desde el sábado. Es intolerable que, domingo tras domingo, haya que confiar en las hazañas de Fernando para mantener la esperanza en Maranello. Red Bull, sin embargo, no necesita trabajos imposibles para ejercer su dominio. No es de extrañar que la paciencia de Fernando esté llegando a su fin. En cambio, Ferrari mira para otro lado y esquiva la realidad, la que sonríe el impecable trabajo acometido en Milton Keynes.

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Fotos: www.europapress.eselcomercio.pe y www.mundodeportivo.com

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Nadal toma el mando

Publicado: 19/08/2013 en Tenis
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El recital no cesa. Nadal agarra fuerte la batuta y marca el ritmo más frenético. De su raqueta emanan miles de armoniosas notas musicales que consiguen atrapar al público desde el primer instante. Golpes liftados, saques directos, derechas que besan la línea en los momentos más críticos … El repertorio es tan completo y atrayente que los acordes de su juego hipnotizan a los rivales. Djokovic, Raonic, Isner, Berdych y Federer, especialistas en pista rápida, se han visto obligados a claudicar ante sus magistrales obras en Montreal y Cincinnati. Dos proezas, en apenas una semana, tras 40 días fuera de las pistas. Arrebatador.

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Los anhelados ‘conciertos’ de Rafa han ganado audiencia y amplitud. Sus actuaciones no se limitan a la arcilla, sino que también se amoldan al cemento, superficie en la que suma 15 victorias consecutivas desde que pusiera a prueba su rodilla en Indian Wells. Ahí, en California, nacieron esos compases ganadores que le permiten mantenerse en lo más alto del podio, donde los directores de orquesta más reconocidos muestran su verdadero talento.

Nadal escribe partituras para la historia. Inconformista, goza de una mente privilegiada que se oxigena a través de la superación diaria. Su actitud es encomiable y todo un aval de sus numerosos éxitos en 2013. Nueve títulos, incluidos cinco Masters 1.000 y un Grand Slam (Roland Garros), reflejan su descomunal ambición, la misma que le permitió lograr 11 trofeos en su debut en el circuito profesional con tan solo 19 años.

 

El tiempo pasa, pero la filosofía del manacorí es inamovible: tanto el éxito como la adversidad son estímulos para seguir derribando barreras. Prueba de ello son las 53 victorias y tres derrotas que atesora esta temporada, en la que ya luce el número dos y amenaza, 25 meses después, con recuperar el reinado de la ATP. Sin obsesiones, paso a paso, disfrutando de la seductora melodía que dibuja su gran pasión: el tenis.

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El horizonte está despejado. Hay motivos para sonreír. Su próximo reto será conquistar por segunda vez el US Open. En estado de gracia, Rafa aterrizará en Nueva York como el máximo favorito para asaltar el muro de cemento de Flushing Meadows Park. La exigencia física y psicológica será aún mayor. Le aguardan batallas a cinco sets bajo los sonidos envolventes de Queens. Sin embargo, nada le hará retroceder ni un milímetro. Es insaciable y aún tiene grandes retos por delante, como son levantar la Copa de Maestros y tomar los Masters 1.000 de París-Bercy, Shanghái y Miami. En todos ellos se ha quedado a las puertas de la gloria. La diferencia estriba en que ahora ha afinado, cuidadosamente, los cordajes de su raqueta e irradia una energía inagotable. No cesará de pelear hasta la extenuación. El artista más inspirado y aclamado del momento reclama su trono. Nadal vuelve a tomar el mando.

Fotos: edition.cnn.com y www.abc.es

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La brecha competitiva se acentúa año tras año en la Liga española. Es prácticamente insalvable desde hace casi una década y condiciona una competición que queda en manos de las incesantes inversiones millonarias de sus dos superpotencias: Real Madrid y FC Barcelona. No hay más alternancia en la lucha por el título. Son los únicos que esquivan la crisis a golpe de talonario y engordan sus presupuestos.

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Nadie puede seguir un ritmo tan frenético si no quiere ver peligrar su propia existencia. Porque en el polo opuesto, el de la austeridad, residen la mayor parte de los clubes. Muchos de sus referentes, como Falcao, Llorente, Aspas, Soldado, Joaquín, Navas o Negredo, se han visto obligados a poner rumbo a otras ligas europeas. El éxodo es inquietante y deja un vacío muy difícil de cubrir. Y es que, por primera vez, nuestra Liga vende más que compra. Los equipos se ven abocados a exportar talento, lo que conlleva una pérdida de calidad añadida en sus plantillas. Es la única solución para paliar su desorbitante deuda con Hacienda, cercana a los 500 millones de euros. A esta regla no escrita sólo escapan blancos y culés, que han gastado este verano unos 150 millones de euros en nuevas incorporaciones. Un desembolso que podría dispararse si Florentino Pérez cierra el multimillonario fichaje de Gareth Bale.

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Las consecuencias son claras. La diferencia de fuerzas es notable, alimentada a su vez por el polémico reparto de los derechos de televisión. Real Madrid y Barcelona obtienen, cada uno, alrededor de 140 millones, mientras que otros equipos punteros, como Sevilla, Atlético o Valencia apenas alcanzan los 40. Peor aún lo tienen los más modestos. El Rayo Vallecano, por ejemplo, percibió cerca de 17 millones. La única esperanza que planea en el horizonte es que la nueva Ley del Deporte Profesional subsane este desaguisado y proponga un reparto mucho más equitativo y racional, a semejanza del modelo europeo. El tiempo apremia.

Mientras tanto, la Liga española continúa instaurada en el duopolio. No es de extrañar que el tercer clasificado finalice a 39 puntos del líder, como sucedió hace dos campañas. Tampoco es casualidad. En las últimas nueve temporadas, blaugranas (seis) y merengues (tres) han cantado el alirón con suma facilidad. Ningún insurgente se ha cruzado en su camino. Tan solo el Villarreal se atrevió a discutir este poderoso binomio en 2008, cuando el cuadro de Pellegrini selló un brillante segundo puesto. Se trataba, sin embargo, de un mero espejismo, ya que Madrid y Barça aventajan en una media de 21 puntos a al tercer clasificado desde que el Valencia de Benítez conquistó el título en 2004. La desigualdad es sideral. Unos se nutren de estrellas y otros se diluyen o, simplemente, sobreviven. De ahí nacen, en parte, los últimos récords: ligas de 100 puntos, pichichis con 50 goles o conjuntos que son capaces de marcar 121 tantos en una temporada.

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Hay que remontarse a la campaña 2001-2002 para frotarse los ojos. Fue la última vez en la que blancos y culés acabaron la Liga fuera de las dos primeras posiciones. Valencia y Deportivo les privaron entonces a un segundo plano, pero la historia ha cambiado de manera drástica. El campeonato pierde, poco a poco, emoción y espectáculo. Los dos hermanos mayores se reparten el pastel sin más oposición que la suya propia. El resto debe conformarse con las migajas que deja tras de sí la estela del dinero. La Liga de los contrastes. Cruda realidad.

Fotos: www.defensacentral.comwww.larojadeportes.cl y madrid-barcelona.com 

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El Madison Square Garden brillaba intensamente a principio de los años setenta. Una atrayente constelación de estrellas regía el cielo de Nueva York y dominaba la NBA bajo la batuta del sabio Red Holzman. Dos anillos de campeones (1970 y 1973) certificaban la supremacía de los Knicks, comandados por leyendas como Walt Frazier, Willis Reed, Dick Barnett, Earl Monroe, Dave DeBusschere y Bill Bradley. Los héroes inmortales de la ‘Gran Manzana’ se habían convertido en verdaderos referentes para millones de niños que se veían obligados a emigrar en busca de una vida mejor. Patrick Aloysius Ewing era uno de ellos. Tenía 12 años y dejaba atrás su país, Jamaica, para emprender un duro y largo viaje a Cambridge, donde dio sus primeros pasos como jugador de baloncesto en un camino no exento de dificultad y sacrificio.

El gigante de Kingston terminó por explotar su portentoso físico y cautivó a los ojeadores. Aceptó la beca de la Universidad de Georgetown y lideró a los Hoyas, dirigidos por John Thompson. Ewing cumplió las expectativas. Acarició muy pronto el título de la NCAA. North Carolina, con Jordan y Worthy como abanderados, le privaron de un campeonato que sí lograría ante los Cougars de Olajuwon tras firmar 16,4 puntos y 10 rebotes por partido. En su etapa sénior perfeccionó el juego en la zona y guió a su equipo a su tercera final en cuatro años. La ajustada derrota ante los Wildcats no iba a mermar su ambición de codearse con los más grandes.

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Pat’ se convirtió en el diamante más codiciado. Hasta siete franquicias se interesaron por el número 1 del draft de 1985, en el que, por primera vez, aparecía un español: Fernando Martín, seleccionado por los Nets en el puesto 38. El destino del center africano, ya con pasaporte estadounidense, no podía ser otro que Nueva York, tal y como deseaba. Los Knicks recuperaban la alegría después de haber perdido a su máxima figura, Bernard King. El francotirador de Brooklyn dejó el listón muy alto antes de romperse el ligamento anterior cruzado de su rodilla derecha, como acreditaban sus casi 33 puntos por encuentro. Una presión añadida más.

Julius Erving y Moses Malone le esperaban en su debut en la NBA. Y ‘Hoya Destroya’, apodo que se ganó como universitario, respondió de manera notable. 18 puntos, seis rebotes y tres tapones ante unos Sixers que no tuvieron piedad con el osado novato de 213 centímetros y 110 kilos. ¿Quién dijo miedo? La mala temporada de los neoyorquinos no le privó de ser elegido rookie del año. Sus números rozaron las dobles figuras: 20 puntos, nueve rebotes y dos tapones por choque. Pero todo se torcería en 1986. Los problemas físicos se cebaron con Ewing y le obligaron a parar. Una vez superada su lesión de rodilla, Rick Pitino se encargó de hacerle madurar junto a dos nuevos refuerzos: el base Mark Jackson y el ala-pívot Charles Oakley. No obstante, la competencia seguía siendo demasiado dura para alcanzar cotas mayores en los play-off. Se demandaban más cambios.

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La sólida apuesta por el técnico Pat Riley -cuatro anillos al frente de los Lakers– marca un verdadero punto de inflexión a partir de 1991. Sin embargo, los Bulls de Jordan se convirtieron en la auténtica bestia negra de los guerreros de la ‘Gran Manzana’, que dejaron escapar un 2-0 a su favor en la final de la conferencia Este de 1993. La revancha no se hizo esperar. Un año después, los Knicks aprovecharon la primera retirada de Jordan para apear a Chicago en segunda ronda (4-3). El camino estaba despejado. Ewing asumió el mando sin titubeos y ejerció de verdugo ante los Pacers de Reggie Miller en el séptimo duelo de la serie: 24 puntos, 22 rebotes, siete asistencias y cinco tapones. Sencillamente, magnífico.

Houston aguardaba en la final, con Olajuwon en estado de gracia. El cara a cara entre Patrick y Hakeem resultó espectacular, repleto de acciones de calidad. Nueva York acariciaba el anillo al término de la quinta batalla merced a la infinidad de recursos de su jugador franquicia. El número 33 reivindicó su condición de líder con 25 puntos, 12 rebotes y ocho tapones. Aplastante.

 

Los neoyorquinos tenían que rematar a su adversario. John Starks se jugó el triple de la victoria en el sexto partido, pero Olajuwon taponó el lanzamiento y llevó la serie al séptimo y decisivo envite. Un duro golpe del que no supieron reponerse los pupilos de Riley. Los Rockets no lo desaprovecharon y sumaron su primera corona ante la impotencia de Ewing, que se vio superado por la estrella texana a pesar de sus 19 puntos por noche.

Afortunadamente, la vida suele deparar segundas oportunidades si se trabaja con tesón y ahínco. Es lo que se repetía el pívot de origen jamaicano para mantener la esperanza, alimentada con el ‘aterrizaje’ de Allan Houston y Larry Johnson. Los Knicks mandaban 3-1 ante Miami en las semifinales de conferencia de 1997 hasta que una polémica decisión de los colegiados les cortó las alas. Una pelea entre P.J. Brown y Chris Childs provocó la suspensión de varios jugadores  neoyorquinos, lo que facilitó la remontada a los Heat de Alonzo Mourning. Otra frustración más. A la campaña siguiente, Ewing se lesionaba la muñeca y su equipo quedaba eliminado en segunda ronda por cuarto año consecutivo.

Robinson and Ewing in post

Con 36 años, ‘Pat’ aún gozaría de una última bala en su búsqueda del anillo. Latrell Sprewell y Marcus Camby aportaron un aire fresco a la plantilla. Pocos apostaban por el conjunto de Van Gundy después de finalizar en la octava plaza del Este en año del lockout. La sorpresa fue inmediata. El primer enemigo abatido fue Miami, primer clasificado de su conferencia, gracias a una canasta sobre la bocina de Houston. Acto seguido, los de Nueva York eliminaron con autoridad a los Hawks y se deshicieron de los Pacers en seis partidos tras un milagroso 3+1 de Larry Jhonson. No todo fueron alegrías. Ewing se rompió el tendón de Aquiles y se perdía la ansiada final. La mala suerte volvía a frenarle en seco. Ahí se esfumó el milagro. Los Spurs de Duncan y Robinson aprovecharon su ausencia y dinamitaron la eliminatoria (4-1).

         El reinado de Patrick tocaba a su fin, aunque aún tendría la oportunidad de vivir su última final de conferencia ante los Pacers, resuelta por Indiana (4-2). Tras 15 años liderando a sus queridos Knicks, ‘Pat’ optó por acabar su carrera en Seattle y Orlando. 11 veces All-Star y doble campeón olímpico con Estados Unidos (1984 y1992), Ewing promedió 21 puntos, 9,8 rebotes y 2,4 tapones en 17 temporadas. Integrante del Salón de la Fama, excelente defensor, gran intimidador y un seguro en la zona, como sostiene su alto porcentaje en tiros de campo, un 50,4%. Disputó más de mil partidos en la ‘Gran Manzana’ y, a día de hoy, continúa siendo el rey más venerado del Madison Square Garden. Se quedó a las puertas del anillo, al igual que Miller, Iverson, Barkley, Malone, Stockton, Maravich o Gervin, pero su corazón milenario continúa latiendo en Nueva York a ritmo de baloncesto.

 

Fotos: www.nba.comtalkinhoopz.com y www.marca.com

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La húmeda hierba londinense del All England Club deja paso, en apenas dos meses, al exigente cemento neoyorquino del Flushing Meadows Park. Es allí, al norte del distrito de Queens, donde Nadal aspira a repetir la gesta de 2010 y alzar su segundo US Open. La búsqueda del éxito implica, una vez más, un riesgo muy elevado si tenemos en cuenta que la pista dura supone una seria amenaza para su maltrecha rodilla izquierda, incapaz de cicatrizar sus heridas sobre el césped de Wimbledon. Ese interminable dolor le ha obligado, otra vez, a parar y guardar fuerzas durante 40 largos días. En este periodo, el gladiador español ha podido reflexionar y velar armas antes de poner rumbo a la ‘Gran Manzana’ a finales de agosto.

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Los entrenamientos especiales en el gimnasio y la piscina quedan atrás. Rafa, ya sin vendajes ni ataduras, encara ahora dos citas de relieve con el fin de llegar en plenas condiciones al último Grand Slam de la temporada. Reaparecerá el próximo miércoles en el Masters 1000 de Canadá y tratará de aparcar el miedo a una posible recaída. Es la hoja de ruta a seguir en el Uniprix Stadium de Montreal, donde ya se proclamó campeón en 2005 y 2008 tras derribar a Agassi y Kiefer. Hazañas todavía recientes.

Si todo marcha bien, el manacorí completará su preparación en Cincinnati, donde no ha podido pasar de semifinales, la última de ellas en 2009. El calendario no da tregua y sitúa el torneo de Ohio muy cerca del Abierto de Estados Unidos, la verdadera prueba de fuego. Un año después, el balear volverá al imponente estadio Arthur Ashe para citarse con enemigos temibles, como Murray, vigente campeón; Djokovic, número 1 de la ATP; Federer, respaldado por sus cinco coronas en Nueva York; Ferrer, semifinalista en 2007 y 2012; o Del Potro, la torre de Tandil que tocó el cielo en 2009. Rivales que, además, estarán mucho más rodados a nivel físico. Sin embargo, nada asusta a Nadal. Más bien, será una motivación extra que le hará mucho más competitivo en partidos al mejor de cinco sets.

Tal vez, la inactividad, traducida en falta de ritmo y posibles dudas, juegue en su contra, pero la fortaleza mental de Rafa es un auténtico filón de oro. Esa exigencia ganadora se ha traducido en siete títulos (Acapulco, Sau Paulo, Indian Wells, Barcelona, Madrid, Roma y Roland Garros) y dos finales (Viña del Mar y Montecarlo) desde su vuelta al circuito. Una proeza sin precedentes que le convierte en el mejor jugador del año, con 7.010 puntos.

El verdadero escollo será la pista dura, que castiga seriamente las articulaciones y acorta la carrera deportiva de los profesionales. La exigencia será máxima y Nadal deberá adaptar su juego. Así logró su primer título en esta superficie desde 2010. Lo conquistó el pasado mes de marzo en California, cuando se cumplía un mes y medio de su regreso. Pocos apostaban por él. Y no defraudó ante Del Potro.

Sobreponiéndose al dolor, el tenista español ha demostrado que puede someter a sus oponentes en pista dura si el físico le acompaña. Esa es la incógnita que tendrá que despejar en los próximos días. Queda expuesto al riesgo, pero éste es parte inherente de la gloria que se persigue. Nadal está preparado para saltar, de nuevo, el muro de cemento de Nueva York.

nadal salto

Fotos: blogs.20minutos.es y www.eldepornauta.com.ar

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